La caída del cabello puede convertirse en una experiencia que va mucho más allá de lo físico y cuando comienza a aparecer de una forma diferente a la habitual es natural sentir preocupación y preguntarse qué está ocurriendo.
El cabello forma parte de nuestra imagen, de nuestra identidad y de la manera en la que nos reconocemos frente al espejo, sin embargo, el cuerpo no existe separado de nuestra historia emocional ya que todo lo que vivimos influye, de una manera u otra, en nuestro equilibrio. Los periodos de estrés intenso, las pérdidas, los cambios importantes, la preocupación constante o el agotamiento pueden afectar al organismo y, en determinadas circunstancias, favorecer una caída temporal del cabello.
Esto no significa que toda caída tenga un origen emocional, existen muchas causas posibles, entre ellas factores hormonales, genéticos, nutricionales, enfermedades, medicamentos o determinados cambios físicos, pero al mismo tiempo puede ser interesante mirar hacia dentro.
Hay momentos en los que la vida nos exige más de lo que somos capaces de reconocer, continuamos con nuestras responsabilidades, atendemos a los demás y mantenemos nuestro ritmo habitual, mientras interiormente acumulamos cansancio, preocupación o tristeza y el cuerpo puede convertirse entonces en un reflejo de aquello que no hemos sabido escuchar y no porque cada síntoma esconda necesariamente un significado emocional sino porque vivimos en una unidad ya que la mente, las emociones y el cuerpo se relacionan constantemente.
Un periodo prolongado de tensión puede mantener al organismo en un estado de alerta que termina pasando factura y, en algunos casos, la caída del cabello aparece incluso después de que haya terminado la situación que produjo el estrés, es como si el cuerpo necesitara tiempo para expresar las consecuencias de aquello que ha vivido y por eso, cuando el cabello comienza a caer, además de buscar las posibles causas físicas, podemos permitirnos revisar cómo estamos viviendo. Es el momento de preguntarnos si estamos descansando lo suficiente, si llevamos demasiado tiempo sosteniendo una preocupación, si hemos atravesado recientemente una pérdida o un cambio importante, si estamos viviendo desde la exigencia o si hemos dejado nuestras propias necesidades en un segundo plano, y hacerlo no para buscar culpables y no para pensar que hemos provocado nuestra propia caída sino para comprendernos mejor.
La mirada espiritual puede aportar una dimensión diferente a este proceso, puede ayudarnos a contemplar el cuerpo no como algo que debemos controlar permanentemente sino como una parte de nosotros que merece ser escuchada. El cuerpo tiene sus propios ritmos, crece, cambia, se transforma, suelta y vuelve a empezar y el cabello también forma parte de ese ciclo, su caída puede recordarnos que la vida está en constante movimiento y que no todo permanece igual para siempre, que debemos afrontar los cambios y que no hay mayor riqueza que la adaptación a esos cambios.
A veces atravesamos etapas en las que necesitamos desprendernos de antiguas formas de vivir, necesitamos dejar atrás determinadas exigencias, aprender a poner límites, aceptar cambios o reconocer emociones que durante mucho tiempo hemos mantenido en silencio, no siempre podemos elegir lo que nos sucede, pero sí podemos elegir la manera en la que nos acompañamos mientras sucede, podemos hacerlo desde el miedo o desde la comprensión, desde la exigencia o desde la paciencia, desde el rechazo hacia nosotros mismos o desde una mirada más amable.
Cuidar el cabello también puede convertirse en una forma de cuidar nuestra relación con nosotros mismos, no se trata únicamente de aplicar productos o buscar soluciones externas, sino de prestar atención a nuestro descanso, nuestra alimentación, nuestro bienestar emocional y la manera en la que estamos atravesando nuestra vida.
Hay una diferencia profunda entre cuidar nuestro cuerpo porque no nos gusta lo que vemos y cuidarlo porque comprendemos que merece nuestro amor, la segunda nace de un lugar diferente no intenta corregirnos ,nos acompaña, quizá por eso ante una etapa de caída sea importante recordar que nuestro valor no disminuye con nuestro cabello, nuestra belleza tampoco depende únicamente de aquello que refleja el espejo, somos mucho más que nuestra apariencia, somos nuestra historia, nuestra sensibilidad, nuestras experiencias, nuestra capacidad de amar, de aprender, de reconstruirnos y de comenzar de nuevo.
El cuerpo cambia a lo largo de toda la vida, aceptar esta realidad no significa resignarse, sino aprender a habitar cada etapa con mayor conciencia, tal vez algunas transformaciones llegan para recordarnos que necesitamos detenernos, tal vez algunas etapas difíciles nos invitan a revisar el modo en que estamos viviendo, tal vez aquello que percibimos inicialmente como una pérdida puede convertirse, con el tiempo, en una oportunidad para volver a nosotros. La caída del cabello no tiene por qué convertirse en una historia de miedo, puede ser una llamada a cuidarnos de una manera más completa, a atender lo físico a escuchar lo emocional, a respetar nuestros tiempos, a pedir ayuda cuando sea necesario y a recordar que nuestro cuerpo no está en nuestra contra, está intentando acompañarnos en cada etapa.
Quizá la verdadera transformación comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué nos está pasando y empezamos a preguntarnos qué necesitamos: más descanso, más calma, más límites, más presencia, más amor hacia nosotros mismos.
Hay procesos que no podemos acelerar, hay cambios que necesitan tiempo y hay partes de nuestra vida que solo podemos comprender cuando las hemos atravesado, el cabello seguirá su propio ciclo, nosotros también, y mientras aprendemos a aceptar sus cambios, podemos aprender algo todavía más profundo, que cuidarnos no consiste en luchar contra aquello que somos sino en acompañarnos con respeto mientras seguimos transformándonos, porque la vida también es eso, aprender a soltar sin miedo, aceptar sin rendirse, cuidar sin exigirse y confiar en que, incluso en las etapas en las que algo parece desaparecer, dentro de nosotros siempre existe la posibilidad de volver a crecer.
Marisa Ruiz